Durante mi viaje a Ecuador de este año, una de mis excursiones más largas me llevó a la región de la selva tropical.
Hace unos años conocà en Puyo a Yaku, un guÃa que pertenece a una comunidad indÃgena y vive con su familia en las afueras de Puyo, cerca del Mirador Indichuris. Le visito con regularidad porque hay mucho que descubrir y experimentar en la zona, y su padre, que no se autodenomina shamán pero es un gran conocedor de los beneficios curativos de diversas plantas, siempre tiene mucho que contar.
Turismo comunitario cerca de Puyo
Tras una noche en Baños, llegué a Puyo a mediodÃa y tomé el autobús local desde allà hasta Pomona. Me bajé en la entrada de la cascada Hola Vida, que ya habÃa explorado en una visita anterior. Para llegar a las cabañas, dos de las cuales también están a disposición de los huéspedes, primero hay que caminar unos cinco minutos por el bosque hasta llegar al rÃo Puyo. Con un poco de suerte, se pueden ver monitos en los árboles. Se cruza el rÃo en canoa, lo que no es tan fácil después de las lluvias y las fuertes corrientes. No se rema, sino que se rema con pértiga, lo que requiere un gran esfuerzo fÃsico.
Nada más llegar, me invitaron a pescar. Como persona de ciudad, preferà limitarme a mirar, pero fue bastante interesante. Una raÃz venenosa para los peces pero inofensiva para los humanos es arrastrada por el rÃo. Esto mata a los peces a los pocos metros rÃo abajo. Después suelen permanecer tumbados bajo las piedras, de donde se pueden recoger. Pasamos el resto del dÃa descansando cerca de las cabañas y nos fuimos a dormir temprano.
Al dÃa siguiente hicimos otra excursión a las cabañas vecinas, situadas en un pequeño lago donde también se puede nadar. Esta vez viajábamos con uno de los primos de Yaku, que tenÃa amigos de visita desde cerca de Quito. En la zona se practica sobre todo el turismo comunitario. Aunque llegamos espontáneamente, en poco tiempo nos prepararon una deliciosa comida tÃpica a base de plátanos, arroz, maito (pescado envuelto en hojas) y yuca. La comida iba acompañada de chuchuhuasa, un licor de caña de azúcar en el que se ha conservado una corteza. Esta no fue la única razón por la que nos divertimos mucho.
De vuelta a las cabañas de Yaku y su familia, nos sentamos un rato alrededor de la hoguera y volvimos a dormir temprano. Al dÃa siguiente fuimos de excursión por el bosque, varias hectáreas del cual pertenecen a algunos de los hermanos de Yaku. Su padre fue nuestro guÃa y apenas se notaba que tenÃa casi 80 años. Nos explicó muchas cosas sobre las plantas y la fauna de la zona. Pasamos junto a árboles enormes y viejos y pudimos disfrutar de la vista a través de los huecos en la espesura.
Tras unas horas de caminata, llegamos de vuelta a las cabañas a tiempo para un fuerte aguacero y con ganas de almorzar tarde. Por la tarde del mismo dÃa, me dirigà a la terminal de autobuses de Puyo para tomar el autobús nocturno a mi siguiente destino:
La laguna de Limoncocha
En realidad, el viaje fue un poco más complicado de lo que pensaba al principio, ya que tuve que cambiar de autobús varias veces. Para empezar, sin duda es mejor coger un vehÃculo con conductor o unirse directamente a una visita guiada. Pero incluso con los autobuses públicos, a la hora del desayuno, llegué por fin a Limoncocha, que en realidad sólo querÃa visitar por la laguna. El pueblo en sà es más bien un grupo de casas a lo largo de la carretera principal y las pocas calles laterales. Hay un parque bastante nuevo con un parque infantil y pequeñas instalaciones deportivas.
Casualmente, el restaurante donde desayuné -uno de los pocos que hay en el pueblo- pertenecÃa a un joven que también trabaja como guÃa en la Reserva Limoncocha. Acordamos dos excursiones de dos horas y media: una hacia el mediodÃa y otra por la tarde. Cuando terminé de desayunar y dejé mis cosas en la habitación del hostal, me dirigà a la entrada de la Reserva. Hay varios paneles informativos y edificios administrativos donde se registran todos los visitantes. En ese momento yo era la única huésped, asà que, junto con el guÃa, por supuesto, tenÃa la canoa de la excursión para mà sola. Tras una breve introducción y después de ponerme el chaleco salvavidas, bajamos al muelle. La vista sobre la laguna con la exuberante vegetación verde alrededor era realmente espectacular.
Subimos a la canoa, que afortunadamente tenÃa techo, ya que el sol puede ser muy fuerte en rÃo abierto. Mientras navegábamos lentamente por la orilla, Toni, mi guÃa, no dejaba de señalar la vegetación para llamar mi atención sobre diversos animales. Esto me permitió observar muchos animales que de otro modo sólo habÃa visto en fotos: Hoatzins, una tortuga acuática a cierta distancia, dos especies de monos y varias garzas y grullas..
En un momento dado, una bandada de guacamayos sobrevoló los árboles. También pudimos ver a una mujer, perteneciente a una comunidad indÃgena que vive en una aldea detrás del lago, pescando pirañas.
Al cabo de una hora, tomamos la canoa y nos adentramos en una especie de canal. Éste conecta la laguna Limoncocha con otra laguna más pequeña, a la que no pueden acceder los visitantes. Finalmente llegamos a un lugar donde la superficie del agua estaba casi completamente cubierta de lechuga de agua (también conocida como nenúfar verde o flor de mejillón, cientÃficamente Pistia stratiodes). Era como conducir una canoa sobre una alfombra. Nos detuvimos aquà un rato, con el motor apagado, para escuchar los sonidos de la selva tropical. OÃmos ranas, insectos y todo tipo de cantos de pájaros, algunos incluso parecÃan risas. Los pájaros no paraban de posarse en la lechuga de agua para picotear insectos. Me impresionaron mucho.
Después de una media hora, volvimos al muelle. Asà terminó la primera parte de la visita. Aún me quedaban unas horas antes de la excursión de la tarde y decidà explorar los alrededores después de comer. Limoncocha es el penúltimo pueblo antes del rÃo Napo, donde termina la carretera. El último pueblo se llama Pompeya. Desde aquÃ, sólo se puede llegar más lejos en canoa.
QuerÃa visitar el pueblo principalmente porque habÃa visto en el mapa que se suponÃa que aquà habÃa un museo, lo que me pareció muy sorprendente.
Asà que cogà el autobús hasta el final de la carretera, que sólo tardó unos 15 minutos. Pasé de largo, ya que querÃa ver el rÃo y el museo. El Napo es una impresionante masa de agua con una corriente bastante fuerte y del color del café con leche. Fue una experiencia especial para mà estar en uno de los mayores rÃos de afluencia del Amazonas.
Después de buscar un poco, por fin encontré el museo y también a alguien que me abrió y me hizo una pequeña visita guiada. El museo, junto con la escuela local, está dirigido por misioneros de la región montañosa. Me sorprendió encontrar un museo pequeño pero muy interesante en medio de la nada. El museo se centra en las diversas culturas indÃgenas de la región de la selva tropical y en el conflicto con las compañÃas petroleras.
Después de visitar el museo y conversar un rato con el misionero, volvà a Limoncocha y me entusiasmé con la excursión nocturna. Esta vez habÃa otros dos visitantes en la canoa. Condujimos despacio hasta el centro de la laguna y contemplamos la puesta de sol con su impresionante espectáculo de colores en el cielo y el agua.
Cuando casi habÃa anochecido, volvimos por el canal hasta la lechuga de agua, donde nos esperaba un espectáculo único: estaba cubierta toda ella de puntos brillantes. Nuestro guÃa nos explicó que las larvas viven en las hojas y producen este brillo. También habÃa algunas luciérnagas bailando en el fondo y, junto con los sonidos de la selva, era una situación absolutamente mágica. Nos tomamos otro momento para dejar que la magia obrara sus maravillas en nosotros. Volvimos despacio hacia el muelle, sin perder de vista a los caimanes con la ayuda de una potente linterna. La laguna es conocida por su gran población de caimanes negros. Finalmente avistamos uno, o para ser más precisos, sólo su cabeza, tumbado tranquilamente en el agua y sin que le molestáramos en absoluto. Tras esta experiencia, regresamos en coche y, feliz y llena de nuevas impresiones, pasé la noche en mi alojamiento del pueblo. Al dÃa siguiente abandoné la región selvática, como siempre, con la intención de volver la próxima vez y descubrir algo nuevo.
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